Campo de girasoles en Ucrania. Kiev durante la invasión de Rusia
Foto: Pxhere.

Diario desde Kiev. La guerra es una estupidez

El hilo conductor de este relato, contenido en el título de este post, es el rechazo absoluto a esta y todas las guerras. Que la paz sea, más temprano que tarde.

En medio de la invasión rusa a Ucrania que comenzó el pasado 24 de febrero, un joven periodista cubano-ucraniano, Daniel Cantallops Dotsenko, escribe desde Kiev, donde se encuentra refugiado en su apartamento, junto con su familia, incluida su pequeña niña. El desabastecimiento y la posibilidad de ataques sobre ellos, acechan.

Cantallops, que estudió Periodismo en la Universidad de La Habana, comenzó a publicar en su cuenta personal de Facebook el pasado 26 de febrero pequeñas crónicas sobre su día a día; las impresiones de un ciudadano —alejado de los grandes relatos políticos y militares—; los detalles sobre cómo se resiste la guerra circundante desde una ciudad fantasma.

Hemos pedido su autorización para publicar en Matria este testimonio tan valioso, emocionalmente tan alto que deja una extraña mezcla de inquietud y sosiego; tristeza y consuelo.

Actualizaremos esta entrada con cada texto nuevo que pueda regalarnos Daniel Cantallops desde el infortunio de esta guerra. El lector encontrará, como las bitácoras, el texto más actual encima de los demás. El hilo conductor de este relato, contenido en el título, es el rechazo absoluto a esta y todas las guerras. Que la paz sea, más temprano que tarde.


Kiev, 1 de abril, 22:48

Un pedazo de mi corazón se aleja de mi al chirriar de los rieles. En estos mismos instantes mi familia debe estar cruzando la frontera occidental, rumbo a una emigración forzada por esta maldita guerra. Así que nos hemos quedado completamente solos en Kiev Tamara, Amelita y yo.

¡Qué difícil es tener que dejarlo todo atrás! La casa que con tanto sudor de trabajo honrado has podido ganarte; el pequeño huerto que labras y te entrega, generoso, alimentos sanos y el aire limpio; una vida tranquila que apenas comenzabas a disfrutar en el campo; miles de planes para sembrar, hacer, construir, emprender.

Y te ves obligado a volver a marchar pues es la vida propia el valor esencial que hay que conservar.

Por sobre todas las cosas, los míos se marchan con un pesar en el corazón por tener que dejarnos atrás. Lo vi en sus ojos, en lágrimas desesperadas, en te quieros ahogados, en abrazos que no quieren soltar.

Ojalá que el camino los acompañe con gentileza y que personas de bien les tiendan la mano que ayuda.

Tengo confianza en que todo va a estar bien.

Mientras, aquí en Kiev, una espesa niebla gris cubrió nuestras cabezas. No sé si el velo es de protección, no sé si de incertidumbre.

El caso es que cierta calma ha llegado y los edificios ya no retiemblan y las ventanas no se estremecen con cada onda. Pero la calma a nuestra conciencia, ¡que no llega y que no llega!
Si por una parte ya apenas se escucha la artillería, por otra, se vuelve a escuchar por el día el tableteo de armas automáticas en los alrededores. ¡Mal indicio este!

No quiero pensar que vuelve la anarquía y el bandidaje a la ciudad. Espero que no.

Kiev: «una espesa niebla gris cubrió nuestras cabezas».

Kiev, 29 de marzo, 21:19

¿Quién es el blanco?

Hoy tuvieron lugar negociaciones de paz en Estambul, Turquía. Mientras, en Kiev, la intensidad y frecuencia de disparos y explosiones crecieron exponencialmente. Y así se mantuvo a lo largo del día. Continúa en la noche.

¿Paradoja? No creo.

Muchos amigos me escriben expresando grandes esperanzas en las negociaciones. Que en los medios masivos informan de un retiro de las tropas rusas de la región de Kiev. No creo.

La experiencia indica otro desarrollo de los acontecimientos, muy diferente a lo que se apuran a mostrar desde las azules pantallas.

No hay duda alguna: una arma psicológica potente dirigida a los nervios de la gente que espera por fin la paz y se desespera. Y hacen blanco cada vez. ¡Esto ya lo hemos visto tantas veces!

Kiev, 28 de marzo, 21:52

Retoños de primavera

El tiempo ha cambiado sustancialmente. Ahora azota un viento frío que eclipsa el poco calor que nos daba el sol por el día. Las calles se ven vacías, con muy pocas personas en realidad. Esto se debe al molesto viento.

El fin de semana lo pasamos relativamente tranquilo. Las bocas de los cañones callaron más de lo que hablaron, y eso nos dio motivo para sentirnos más relajados. Salimos a pertrecharnos de agua para beber y productos al mercado. Compramos de a poco porque tememos que en cualquier momento falle la energía eléctrica y todo se eche a perder. Lo que sí hemos estado acumulando productos que se conservan por largos períodos y que se pueden consumir sin preparación térmica. El problema es que nuestro edificio no está conectado al sistema de gas centralizado (que no excluyo la posibilidad que pueda quedar afectado también en primer término).

En efecto, todo lo preparamos en la cocina eléctrica y en el horno. Por esta razón me di a la tarea de arquirir una pequeña estufa turística de gas y un pequeño balón de gas propano para cualquier eventualidad. Lo encargué todo por Internet. Las tiendas de bricolaje aquí permanecen cerradas. Sólo espero que pueda llegar el envío y también pueda encontrar dónde llenar el balón. Tengo dos pequeños baloncitos de gas, mas estos apenas alcanzarán para un par de días.

También estoy esperando dos acumuladores pequeños con paneles solares para mantener cargados nuestros teléfonos y no quedarnos incomunicados. Me molesto conmigo mismo por no haber previsto estas cosas tan elementales antes. ¿Quién podía imaginar…?

Aunque hacía frío, accedimos a las peticiones de Amelita y salimos a pasear un poco por el parque. Ella quería pasar tiempo con su amiguita. Ellas jugaron y corrieron alborotando mientras nosotros conversábamos con su mamá, intercambiando experiencias e impresiones. Ahora Amelia me pregunta cada noche si podremos salir al día siguiente. Le respondo que veremos.

En el supermercado, cerca de casa, descubrimos que los estantes comienzan a estar surtidos de nuevo. Sólo que, para sorpresa nuestra, hallamos muchos productos de extraña procedencia. Muchos productos son polacos y con fecha de vencimiento a término. También vimos productos que son de la ayuda humanitaria. O sea, que son aquellos productos por los que ya otras personas pagaron su dinero para así ayudar al pueblo ucraniano. Y aquí ya los están vendiendo de nuevo, por “muy buenos precios”. Así que saquen ustedes sus propias conclusiones.

Honestamente, nosotros, nos quedamos con la boca abierta. Más tarde, en casa, pudimos corroborar nuestras sospechas porque en las redes sociales otras personas notaron lo mismo y se estaban quejando de ello.

Si el sábado y el domingo pasaron más bien en paz y en silencio, hoy ya se pudieron escuchar de nuevo los ecos de la guerra. Igual, no tuvimos necesidad de salir a la calle y sigue ese viento frío y fastidioso.

Los árboles y arbustos ya se están cubriendo de verdes retoños. Pronto todo va a florecer y se verá mucho más bello. Particularmente adoro la primavera. Es mi temporada del año preferida porque la vida y la naturaleza se empiezan a manisfestar de explosiva y colorida manera. Esto se refleja también en el carácter de la gente, en su vestimenta y en la forma de comportarse. La felicidad normalmente está en el aire cuando arriba la primavera.

Kiev se transforma maravillosamente. Es un espectáculo de colores verdes, de flores, de sonrisas. A pesar de todo, esperamos que y esta vez también se sientan tales emociones.

Nos seguimos refugiando en el arte, en la música, en lo bello. Cuando hacemos estas cosas: aprendo una nueva canción u observamos otro dibujito de Amelita; cuando Tamara y y tenemos clases en línea con nuestros chicos, no pensamos en nada malo. Tal parece que todo sigue su curso habitual. Nos trae mucho placer comunicarnos con ustedes, amigos y familiares.

Compañeros de estudio y vecinos de los que hace mucho tiempo no sabía nada, me han escrito. Me leen y nos apoyan. Nos escriben increíbles mensajes de cariño y apoyo. Están al tanto de nosotros. Yo, que siempre he sido un lobo solitario, me siento sorprendido de saber que tengo en realidad tantos amigos y personas a las que importamos. Es simplemente invaluable. Estoy muy agradecido por todo.

Nos regalamos mutuamente un poco de alegría con nuestras labores y aficiones. Nos abstraemos un tanto de las terribles noticias y partes operativos, de las horrendas imágenes, de la destrucción y la desolación. Es como si estuviésemos en nuestra pequeña isla en medio de un mar furioso.

El cubano ucraniano Daniel Cantallops Dotsenko en Kiev durante la la invasión rusa a Ucrania
Daniel Cantallops Dotsenko.

Kiev, 25 de marzo, 21:30

Instantes de reflexión

Ha transcurrido un mes desde que nuestra apacible y llana forma de vida se convirtiera apenas en nostálgico recuerdo. Cerraron las escuelas y universidades. Ya los chicos y chicas no alborotan por las mañanas con sus mochilas. Las personas también se encerraron en sus hogares. Otros partieron a una emigración impredescible, dejándolo todo atrás. Nuestras familias quedaron divididas y aisladas.

Perdí la comunicación con la mayoría de mis estudiantes, los que se vieron obligados a marchar, postergando sus estudios de idioma. Mi pequeña oficina en el centro está vacía ahora: la pizarra limpia impecable, los libros de texto y cuadernos cerrados, las sillas cuidadosamente colocadas alrededor de la mesa de estudio, los carteles con listas de verbos e ilustraciones, frases y esquemas de gramática, la papelera vacía, la mesa cubierta de una fina capa de polvo.

Todo abandonado, todo en silencio.

Mi bicicleta, con la que iba cada día a trabajar, pasando a través de un bello bosque, de puentes sobre ríos, parques, subiendo la cuesta de las colinas, sigue colgada en una pared de mi apartamento. ¡Extraño tanto el camino bajo mis ruedas!

Los amigos quedaron al otro lado de las fronteras y no es posible saber cuándo podremos reunirnos de nuevo y hablar, y reír, y bailar, bromear como chiquillos.Los sótanos se convirtieron en refugios improvisados, con sucios colchones en el suelo donde duermen los niños. Pequeña bombilla de una luz mortecina que sólo alcanza para develar los rostros exhaustos y horrorizados de vecinos y otra gente extraña, todos acinados allí, mientras afuera vuela y cae, ciega y sedienta, la muerte.

Las noticias no hacen otra cosa que herirte el corazón día a día. Mas no quieres ni puedes ignorarlas, pues en cada una sigues buscando un hilo de esperanza, de cordura, de piedad, de humanidad. Y no aparece.

Durante este tiempo, de alguna forma aprendimos a vivir con esa pesada incertidumbre como inquilina, pues siempre está latente la amenaza. Miras a tu familia, como queriendo con la mirada cubrirlas de tu protección, mas te embarga la realidad de tu impotencia. Te vas a dormir enfadado y te despiertas al siguiente día, agradecido de que te puedas despertar un día más.

Estás deshecho y destrozado por dentro, pero no te permites un segundo de flaqueza pues hay niños que, sensiblemente, tratan todo el tiempo de descifrar los pensamientos en tu mirada. Y tú no quieres alarmar. No puedes señalar que haya algo por qué temer. Te ocupas con cuanta cosa haya por hacer en casa. El silencio de la noche te deja solo con tus pensamientos, con tus demonios. Todos duermen ya, tú no.

Tú sigues aguzando el oído en la lejanía. Miras el techo oscuro de tu recámara y tratas de pescar algún pensamiento o recuerdo buenos. Te duermes cuando ya no puedes más. Entonces una explosión te arranca de tu sueño. Vuelves a besar y a abrazar a los tuyos levemente , para no perturbar su sueño.

Los cañones no paran de tronar en la periferia. La onda expansiva agita el vidrio de tus ventanas y vibra en tu pecho y garganta. Mientras, disimulas que no pasa nada. Las estelas dejadas por los cohetes se ven por el día en el cielo azul. Piensas con desdén en aquellas primeras y largas noches de metralla.

Aprendiste a valorar en demasía cada cosa mundana, por más pequeña e insignificante que pareciera antes. Disfrutas más esas duchas calientes que un día han de ser efímeras. Un corto paseo por la calle, donde el sol alumbra tu cara y calienta tus huesos, te llena de vigor y buen humor. Quizá ya comprendes mejor toda la connotación de la palabra “libertad”.

La risa y los gritos de los niños que juegan en el parque te alegran tanto, y a la vez te inspiran tanto terror. Tu mente se resiste a obedecerte y te inunda de ideas indeseadas.

Comprendiste que ya sientes indiferencia y apatía por muchas cosas y acontecimientos. Y esto es bueno porque es tu único instrumento de protección. Es tu capa invisible. Ya no te haces las preguntas de ¿por qué y para qué todo esto? Ya no te permites sentir decepción. No te dejas impresionar por lo absurdo.

Ya sabes que el surrealismo escapó de los cuadros que están en los museos. El surrealismo es ahora y por tiempo indefinido, tu realidad.

Ayudar a otros se ha convertido en sentido de vida. No sufrir ni lamentar. Ahora no hay tiempo para eso. Mejor, buscar soluciones y tender tu mano amiga. Compartir lo poco que tienes para que otros también puedan comer y no sentirse solos y abandonados, para que tengan a tiempo sus medicinas, para seguir regalándole a los niños un rayito de alegría. La soledad es ahora, para cualquiera, mezquina compañía.

Has escrito tantas palabras ya. Sin embargo, no has escrito todas las que quisieras y deberías. Todas las que tu vergüenza y dignidad te reclaman a gritos. “En silencio ha tenido que ser…”

Ha pasado un mes desde que la guerra comenzara para nosotros. Y parece que fue ayer. El tiempo pasó volando y nadie sabe cuántas almas se ha llevado esta maldita guerra en vano. Nadie sabe cuántas más inútilmente se llevará. No obstante, nadie puede quitarme mi confianza en el mañana. De eso estoy seguro y me siento entusiasta. A fin de cuentas, quien siempre vence, es la vida.

Kiev, 24 de marzo, 10:46

Al fin puedo sentarme a escribir después de varios días sin hacerlo.

Todos estos días una crisis de dolor de muelas no me dejaba ni pensar ni vivir. Sólo me ayudaban a dormir por las noches unos analgésicos muy fuertes que estoy tomando. Pero, por ellos, me paso el día desorientado, un poco mareado. Por el día hago todos los remedios posibles: y los que yo mismo conozco, y los que me aconsejan otros. ¡Cualquier cosa con tal de detener este molesto dolor!

Para colmo, la crisis me empezó cuando fue declarado un toque de queda de dos días. Así que tuve que esperar para poder asistir al estomatólogo. Ahora tampoco es fácil encontrar un gabinete de dentista abierto y, los pocos que hay, están abarrotados de pobres diablos como yo, a los que los dientes les empezaron a molestar en el momento más inoportuno.

En el policlínico central de nuestro distrito encontré que estaba trabajando el dentista. Había unas cuantas personas esperando afuera. Entré relativamente rápido. La dentista me pidió venir otro día pues los Rayos X no estaban trabajando y ella no quería arriesgarse a hacerme la operación del cordal. Me sugirió dirigirme a otro lugar pero, al llamar allí, me dijeron en la registración que estaban todos los turnos ocupados y que debería esperar hasta el jueves. En fin, no pude resolver nada por ahora.

Me sigo salvando con los remedios en casa y los analgésicos. Me duele a veces. Otras veces se calma y puedo concentrarme en otras cosas. Lo bueno es que por ahora no hay ninguna infección.

Los últimos días la frecuencia del fuego de artillería ha aumentado considerablemente. Ahora se escucha a todas horas, con pequeñas pausas. Por las noches también. Aunque Kiev es bastante grande, cualquier explosión se puede escuchar a muchos kilómetros de distancia.

Sin embargo, observo cómo la gente sigue haciendo su vida como si nada pasara. Y esto, aunque tiene su explicación, que yo conozco bien, no deja de sorprenderme y perturbarme un poco. Sobretodo cuando veo a tanta gente por la calle, disfrutando del sol primaveral y del buen tiempo, montones niños jugando en los parques y madres paseando con sus cochecitos, otros paseando con sus mascotas.

Y la sinfonía de la guerra in crescendo.

Mis chicas se alegran mucho cuando salimos a la calle. Por la noche Amelia siempre me pregunta: ¿Mañana saldremos a la calle, papá? Yo sé que voy a pasar unas cuantas horas en completa tensión -esto sumado a mi dolor- mientras ella juega con su amiguita en el parque. Pero no puedo negarle esa satisfacción, aún sabiendo del peligro que se cierne sobre nosotros.

Ayer, por la mañana, al salir al balcón, vi que nuestros edificios estaban cubiertos por una niebla de humo blanco. ¡Un incendio!, pensé. Al instante percibí un fuerte olor a pólvora o a fósforo en el ambiente. Se hizo evidente que se trataba del olor peculiar que queda después de la detonación de explosivos. Cerré de nuevo las ventanas para que la casa no se inundara de este fuerte olor.

Poco tiempo después, el viento sopló y dispersó esa nube.

Al fin pudimos saber del destino de Tamara. Así se llama la otra conserje que trabajaba en mi oficina, la que había regresado a su casa en las cercanías de Mariupol. Ella se comunicó con la otra conserje y le dijo que estaba bien. Pero habían matado a su hijo menor. Él tenía apenas veinticinco años y era militar. Yo lo conocí una vez cuando él visitaba a su mamá en nuestra oficina.

Le escribí a Tamara y, cuando ella me contestó al fin, le expresé nuestro más sentido pésame y le transferí dinero a su tarjeta en calidad de ayuda, dadas las condiciones en las que ella está viviendo y la tragedia que tocó la puerta de su casa. Es lo menos que podemos hacer y sé que ella lo está necesitando más que nadie. ¡Qué pena siento por ella y por su familia! ¡Los jóvenes deberían vivir y construir familias, trabajar y vivir felices!, de la misma manera que todas las personas en el mundo.

Kiev, 22 de marzo

Dos días en casa encerrados y ahora tomando el solecito, cerca de casa. Amelita corriendo y jugando en el parque con su amiguita, por primera vez después de casi un mes. Muchos niños en la calle paseando con sus padres y, en la lejanía, se oye el fragor de duelos de artillería. La conciencia entiende qué está sucediendo, mas se niega a aceptar.

Kiev, 20 de marzo, 22:01

Ayuda humanitaria: donde comen dos…

Desde el inicio del conflicto muchos de nosotros nos vimos obligados a detener nuestros negocios y oficios. Como resultado, las fuentes de ingreso quedaron canceladas por tiempo indefinido. La gente empezó a quedarse sin dinero para poder comprar lo mínimo necesario. La guerra llegó tan de repente para muchos y nos cogió desprevenidos, sin suministros y sin fondos extra.

Después de todo, Ucrania es un país más en vías de desarrollo y la inmensa mayoría de los trabajadores viven de sueldo a sueldo. Tienen que pagar mensualmente la renta de su apartamento, los servicios comunales, y una familia con niños que sostener.

Algunos amigos y personas de bien se ofrecieron enseguida a apoyar financieramente a mi familia, a sabiendas que no estábamos trabajando y, por ende, viviendo sin ingresos. Gracias al dinero que generosamente recibimos de nuestros amigos, pudimos procurarnos alimentos en estas largas y tensas semanas. Personas que no son para nada adineradas, y que compartieron lo poco que ganan con nosotros, lo que hace mucho más meritoria y humana su ayuda.

Muchos otros amigos cada día me expresan su interés en apoyarnos también con dinero. Pero teniendo actualmente lo necesario para ir viviendo, he rechazado su generosa oferta. En esta última semana, por suerte, han contactado conmigo algunos estudiantes y alumnos con la intención de reanudar sus clases en línea.

Muchos se encuentran ahora con sus familias en la emigración y los niños sobretodo, sienten la necesidad de continuar el proceso educativo, aún en las condiciones extraordinarias en las que vivimos.

Por suerte, la velocidad de Internet en casa se ha estabilizado y he podido impartir algunas lecciones. Tamara y yo hemos empezado a percibir algunos ingresos que nos permiten asegurar nuestra situación con los alimentos y ayudar también a otras personas.

Infinitamente agradecido a ustedes, amigos, que no dudaron en tendernos la mano en un momento crítico, cuando más lo necesitábamos; deseo decirles que el dinero recibido ha servido no sólo para asegurar a mi familia, sino a muchas otras familias con niños pequeños que, gracias a ustedes, han podido comprar comida y medicinas.

La situación con los suministros se ha ido normalizando más que menos; y en los mercados y tiendas han ido apareciendo productos lácteos para los niños, huevos, carne de aves, harina de trigo y pan, entre lo más necesario. El problema es que muchas familias no tienen el dinero suficiente para adquirir estos productos.

Algunas personas que trabajan en órganos gubernamentales y reciben salario del presupuesto de la ciudad, así como los pensionados, han recibido sin mayores problemas sus salarios y pensiones, de manera parcial y completa, según tenemos entendido, ya que nos mantenemos en comunicación con muchas personas.

Pero, desafortunadamente, una gran mayoría de familias trabajadoras, emprendedores, personal de servicio, profesores, maestros, taxistas, etc, se han quedado sin ingresos y atravesando una crisis humanitaria real. Nosotros conocemos la situación de algunos alumnos de Tamara, los que viven sólo con sus madres.

Del dinero que hemos recibido en calidad de ayuda así como de nuestros propios fondos, hemos repartido en primer lugar a estas familias. A las familias que han recibido nuestra modesta ayuda, se les ha informado el origen del dinero, de las personas que, desde el extranjero, desconocidas, les prestan desinteresado apoyo.

Todos están inmensamente agradecidos porque la pequeña suma que hemos enviado a sus cuentas, les garantizan alimentos necesarios por dos semanas. Cuando hablamos con cada una de estas familias por teléfono, interesándonos en su situación financiera, muchos sienten vergüenza de admitir que se han quedado sin dinero y aceptan nuestra ayuda a duras penas, luego de largas conversaciones y disuaciones.

Nosotros entendemos que son, al fin, personas orgullosas, acostumbradas a trabajar, laboriosas. Quizá por eso le cuesta trabajo aceptar ayuda. Pero la necesidad de alimentar a sus hijos, de adquirir los medicamentos a los ancianos, realmente apremian.

De esta forma es que decidimos no quedarnos de brazos cruzados y, en la medida de nuestras posibilidades, con las limitaciones actuales de movernos, la inseguridad y el peligro acechando todo el tiempo, dedicarnos a ayudar a otros.

Las organizaciones de ayuda humanitaria y las donaciones de materiales y alimentos, artículos de higiene personal y medicinas son muy útiles y necesarias. Sin embargo, hemos comprendido que la manera más fácil y directa, más efectiva y segura de ayudar a las personas que lo necesitan, es simplemente con dinero. Y la cuestión es que no se necesita mucho en realidad.

Cada familia sabe cómo mejor disponer de la donación. En las tiendas y farmacias constantemente vemos a personas ancianas que toman consigo pocas cosas, por falta de dinero. En muchas ocasiones nos hemos ofrecido a pagar la compra e incluso a aumentar su canasta con más productos.

Muchos jóvenes y personas de bien, aún en tiempos de vida normal, solíamos practicar este tipo de ayuda a los abuelitos. Y continuamos haciéndolo. No es posible de otra forma.

Quiero agradecer a mi estudiante Marina Neklyudova; a otro amigo mío que también ha recogido fondos entre amigos interesados en ayudar y ha puesto el máximo de los suyos propios.

Quiero agradecer a Lester González, mi compañero de estudios de la Facultad de Comunicación Social en La Habana por su ayuda inmediata.

Quiero agradecer a muchos otros compañeros y compañeras, amigos y familiares que nos han ofrecido incondicionalmente su ayuda. A todos los que se han solidarizado con la situación de los ucranianos y están haciendo generosas donaciones a organizaciones humanitarias y también actúan por iniciativa propia, que cooperan ahora con nuestro sufrido pueblo.

Es tan reconfortante para mí el saber de tantas personas de buen corazón en las que cabe tanta humanidad. Nuestro agradecimiento infinito, en nombre de mi familia y de otras familias que se han beneficiado con vuestra solidaridad.

Pensando precisamente en los que siguen necesitando de nuestra ayuda es que me dirijo, ahora sí, a ustedes, amigos. Si todavía estáis en la disposición de ayudar, sepan que es posible realizar está buena obra de una forma práctica, eficiente y segura, como antes les he explicado. Se pueden poner en contacto conmigo y os pongo al tanto de los pormenores. ¡Un cálido saludo a todos!

Dibujo de gatos en una hoja de libreta de escuela. El dibujo realizado durante la invasión de Rusia a Ucrania
Dibujos de Amelia.

Kiev, 19 de marzo

A los que hacen las guerras, nuestro desprecio.

A aquellos que de las guerras se llenan los bolsillos, nuestro máximo desprecio.

A los que no ven personas sino números estadísticos, nuestro desprecio.

A los que no ven víctimas injustificables sino daños colaterales, todo nuestro desprecio.

A los que invaden y destruyen, todo nuestro desprecio.

A los que siguen órdenes y matan sin pensar, todo nuestro desprecio.

A los que roban la infancia, nuestro desprecio.

A los que duermen tranquilos después de la muerte de un niño, aunque sea ajeno, todo nuestro desprecio.

A los que utilizan toda su inteligencia e ingenio para crear armas, cada vez más sofisticadas y más eficientes para la destrucción, en vez de poner la ciencia y la tecnología en función de la humanidad, todo nuestro desprecio e incomprensión.

Para los que engañan, manipulan y desinforman por treinta monedas de plata, todo nuestro desprecio y maldición.

Para los que pueden vivir sin moral, ni principios, ni ética humana, ni humanidad, nuestra lástima y desprecio.

Para aquellos que aún ven algo de romántico y emocionante en una guerra, nuestro desprecio.

Para los que eligieron vivir en completa hipocresía y mentira total, nuestro máximo desprecio.

Para los que invierten en fusiles y granadas y se olvidaron de invertir en libros, cuadernos, lápices, deportes, computadoras, salud y recreación, nuestro desprecio.

A aquellos que todavía creen en supremacías raciales, étnicas y sociales, nuestro desprecio.

A los que no saben perdonar y amar, ni construir, ni crear, sólo consumir, destruir y odiar, todo nuestro desprecio.

Y a aquellos que no se detuvieron a pensar, nuestra más encarecida petición:

Hermano, hermana, espera, para, detente. Ponte a pensar. Mira, ¡que maravillosa puede ser aún la vida, si la comenzamos a cuidar!

Cualquier guerra es una estupidez y una vergüenza para la civilización humana. Es la muestra más elocuente de que aún nos falta mucho por andar. Y nuestro camino no es el correcto. Es un camino con un triste final. Los que nos invocan a destruirnos son demonios y su credo es la muerte y la maldad.

Elijamos el camino de la vida.

Y para aquellos que nunca van a entender estas simples verdades, pues nuestro desprecio total.

Kiev, 18 de marzo, 12:07

Estos dos últimos días han pasado como un suspiro. Ya hace rato que me olvido de fijarme en qué día de la semana es. Las horas, lo mismo pasan desapercibidas, que se arrastran con alevosa crueldad, sobretodo por las noches. El reloj biológico está completamente descompuesto.

Se nota en mis chicas una creciente irritabilidad. Echan de menos poder salir a caminar libremente, visitar a sus amigos y colegas. En fin, la vida normal.

Por esa razón, trato de callar la mayor parte del tiempo y no decirles nada que las pueda importunar aún más. Los cortos mensajes de amigos y familiares me traen satisfacción y apoyo moral.

Lo primero que hago al despertar siempre es revisar si alguien ha escrito. Pero, realmente, no dispongo del ánimo de antes para escribir y contestar. Me sigo limitando a un lacónico «estamos bien».

Ya no sé hasta qué punto estamos bien. Creo que no es justo quejarse cuando a nuestro alrededor hay tanta gente cuya situación es evidentemente peor. Pienso en ellos todo el tiempo. Nunca en mi vida intenté abstraerme e ignorar el sufrimiento de los demás. Y no lo hago tampoco ahora.

Tamara me contó que le envió una parte del último salario que recibió, a una amiga que hace días no podía comprar comida y no tienen absolutamente nada, pues hace tiempo que no tienen clientes y no han podido ganar nada.

Otra compañera de Tamara está sola con sus dos hijas en su casa y con una crisis de dolor del corazón. Antes que empezara la guerra ella estaba esperando una cirugía programada para extraerse un tumor. Su operación fue cancelada.

Otros conocidos nuestros se han quedado varados en casas de campo y poblados rurales, a donde se habían evacuado, sin fondos ya para vivir, sin combustible ni energía eléctrica, ocultándose cada noche en los sótanos de sus casas porque los combates están sucediendo en su locación. Muchos ya están pensando en regresar a la ciudad, aún en las condiciones de sitio. Sabemos de algunos que, en definitiva, se vieron obligados a regresar, incluso desde el Oeste. Increíble, pero es así.

Yo también le envié un poco de dinero a la conserje de mi oficina para que pudiera comprar comida. Sé que ella lo está necesitando mucho más que nosotros. Normalmente ella ganaba un dinerito adicional haciendo la limpieza de nuestras oficinas por la mañana. Ahora todas las oficinas están vacías. Muchos se han marchado sin término definitivo. Ni salario, ni ganancia extra.

En momentos como este lo mínimo que podemos hacer es ayudarnos unos a otros, con lo poco que tenemos. La otra conserje, aunque trabajaba en Kiev, es de Mariupol. Ella desafortunadamente regresó a su casa un día antes de que empezara el conflicto. Durante muchos días no pudimos comunicarnos con ella. Pensamos en lo peor. Pero después supimos que ella y su familia estaban bien. Sólo que hacía muchos días que estaban sin luz eléctrica ni agua.

Esta gente, es también mi gente. Yo aprendí a quererlos, a convivir con ellos, a socializar con ellos, a entender su mentalidad, su sentido del humor, su visión de la vida. Me he sincretizado completamente con esta cultura. Sus niños son mis alumnos. Sus jóvenes, mis estudiantes. Personas de todos los estratos sociales y confesiones religiosas, mis clientes y amigos.

Quizá por eso sufro en lo más profundo de mi corazón todo lo que los demás están sufriendo. Porque mis pensamientos están con todos ellos. Solo espero que todos estén bien. Pero no puedo ni quiero abstraerme de las noticias, por muy terribles que sean. En mi vocación está programado estar siempre al tanto de lo que acontece. Y en esto siempre fui así, desde muy pequeño.

Recuerdo que, en aquellas conversaciones de adultos en casa, en familia, en reunión de amigos, de las que terminantemente se echaba a los más chicos pues no eran temas para sus oídos; a mí exclusivamente se me permitía siempre estar presente e, incluso, a veces expresar mi opinión en el círculo de mayores.

Ahora mayormente reina la tranquilidad. Pero de repente se escucha alguna explosión. Es imposible pronosticar cuándo va a suceder. Tamara dice que frecuentemente ella lo nota por la madrugada. Comprendo que ella está experimentando problemas con el sueño. Antes no era así.

Por el día a veces se tumba, rendida, y duerme un par de horas. Yo trato de no perturbar su siesta. En casa antes siempre se escuchaba música: Amelita practicando al piano, yo en la guitarra, todos cantando, bromeando en voz alta y riendo, bailando. Ahora he notado que más bien estamos en silencio y sólo se escuchan las noticias. Ojalá que la gente saque las lecciones necesarias de todo esto.

Kiev, 16 de marzo, 17:26

El reino de los cuervos

Anoche se instauró un prolongado toque de queda. Y con este, las calles del barrio se han quedado desiertas por completo. Esta noche hemos podido dormir tan bien que sólo vinimos a despertarnos pasadas las 12 del día.

Honestamente me sorprendió haber podido dormir tantas horas seguidas, cuando antes me permitía apenas 3 ó 4 horas. Supongo que el cansancio se fue acumulando en nosotros.

Vimos en las noticias que algunos objetivos de la ciudad fueron impactados entre las seis y siete de la mañana. Para ese momento los tres estábamos todavía de visita en tierras de Morfeo. Así que no nos llegó el menor ruido.

Con calma, sin apuro, preparé lo que sería nuestro desayuno-almuerzo y nos sentamos a la mesa. En el barrio reina un silencio reconfortante. No se oyen ni baterías ni explosiones a estas horas. Solo se puede oír el graznido de los cuervos que revolotean y se desplazan en saltillos por todas partes, a su suerte.

Los cuervos son seres muy inteligentes y capaces de aprender y adaptarse rápido. Lo he podido constatar durante todos estos años de vida aquí. A veces, los cuervos pueden ser más inteligentes que muchas personas.

Los vecinos, como yo, observan lo que no acontece en la calle desde sus balcones. Sabemos que los políticos de nuevo algo han estado negociando. Ojalá que no sean sólo graznidos de cuervo y esta vez verdaderamente fructifique una paz. Todos la estamos esperando para poder continuar.

Mientras termino estas anotaciones, de nuevo han comenzado a disparar. ¡Poco duró la tranquilidad!

Kiev, 15 de marzo, 22:10

Hoy nos levantamos escuchando el constante trabajo de la artillería y ahora nos vamos a la cama bajo la misma percusión. Y así se mantuvo esta sinfonía durante todo el día. No obstante, tuve que salir a la calle a repostar agua de beber ya que han declarado los próximos dos días completos toque de queda.

Estaba la calle muy concurrida, todo el mundo estaba en la calle: ancianos sentados en sus bancos frente a los edificios como de costumbre, personas cargando cosas en todas direcciones lo mismo que un hormiguero, hasta niños jugando y montando sus bicicletas, columpiándose en los parquecitos y solares. Vi a algunos cargando sus pertenencias en sus autos para marcharse a otro lugar, y otros llegando y descargando las suyas. Y todo eso bajo el constante tronar de cañones lejanos.

Parecía no importarle ya a nadie aquellos terribles ruidos que nunca antes habíamos oído en nuestro tranquilo y silencioso barrio. ¿O a lo mejor nadie se siente amenazado?, me pregunté. El caso es que, para sorpresa mía, en la calle todos continúan haciendo su vida como si nada. Quizá decidieron aprovechar este día para conseguir y asegurar las provisiones necesarias antes de lo inminente.

Todo esto contrasta tanto con el hecho de que hoy otro edificio de apartamentos fue alcanzado y se envolvió en llamas.

Fue un día precioso y de mucho sol. La temperatura subió considerablemente y ya se puede sentir en el umbral la tan ansiada primavera. Yo fui a por agua en suéter. Fue un duro y largo invierno.

En casa las chicas decidieron espontáneamente empezar a hacer gimnasia. ¡Había que verlas a las dos juntas ejercitándose! ¡Que simpáticas se veían! No me despego de las noticias y los partes operativos. Hoy anunciaron alarma aérea no menos de diez veces pero nada pasó.

Kiev, 14 de marzo, 21:04

A pesar de todo, un brindis por la vida

Para cuando termines tu pintura habrá terminado también la guerra, le dije a Tamara sin preámbulo alguno. Ella me miró sorprendida y después de silenciosa pausa, estallamos en risa. Mas la nuestra no era una risa con alegría, sino de amargo sarcasmo.

Ojalá todo fuera así en la vida real, como suele ser en nuestros cuentos folclóricos y populares, en los que siempre hay algo mágico-maravilloso. El desenlace es feliz y encierra cierta sabiduría. El villano es castigado al fin y el héroe gana, al rescatarla, el corazón de su bella amada por las fuerzas del mal amenazada. O la doncella cumple con una promesa sobrenatural y deshace el maleficio.

Mujer pinta un cuadro en Kiev durante la invasión de Rusia a Ucrania
Tamara dibuja

¿Cómo parar el maleficio de la guerra? ¿Dónde está ese final feliz tan esperado? ¿Cuál es la sabiduría en esta historia?

No importa cuánto lo pienses, se hace casi imposible al autor dar con ese ansiado final. Y nadie quiere oír ahora, ni leer libros, ni usar la razón. ¿Qué le vas a hacer? Es el costo que todos nos veremos obligados a pagar en la guerra: la deshumanización, la pérdida de la razón.

Tamara despertó asustada por fuertes explosiones a media madrugada. Amelia y yo dormíamos puesto que no sentimos nada. Decidió no despertarnos y permaneció así, en silencio a nuestro lado hasta que amaneció. Luego me diría que había sentido mucho miedo. Y que la noche anterior había pasado exactamente lo mismo.

Su amiga, que vive en otro extremo de la ciudad a través del río, le telefoneó a primera hora para contarle con horror cómo habían impactado un edificio de su distrito, apenas a unos cuantos pasos del suyo. Lo vimos en las noticias, lo que había pasado, y que habían sido atacadas otras partes de la ciudad. Que había víctimas y que estaban siendo rescatadas por los bomberos de sus apartamentos en escombros y en llamas.

Todos estaban durmiendo en ese momento, al igual que nosotros, pensé. ¡No nos hubiéramos ni enterado!

En fin, las noticias de hoy no trajeron otra cosa que dolor y desesperación. Alguien me escribe para preguntarme cómo estamos. A todos les contesto brevemente que estamos bien. No tengo fuerzas para más. No quiero hablar. No quiero pensar en eso. A veces pienso que todos arden en deseos de saber, detalles y pormenores; pero lo mejor sería que no supieran y continuaran con su vida tranquila y desenfadada, en otras latitudes de este mundo.

No es tarea fácil describir el dolor y la sosobra en el mismo instante en el que los estás sintiendo. Además, hoy simplemente no quiero compartir este dolor con nadie. Ahora los combates ocurren ya en los márgenes de la ciudad. Estallidos, alaridos de dolor, ráfagas, humo negro y llamas que se alzan al cielo, el metal retorcido y las almas mutiladas. Después, el silencio mortal.

Mientras, en otra parte, los señores se dan palmaditas de aprobación en los hombros, se felicitan mutuamente por el buen trabajo realizado. ¡Good work! ¡Congratulations! Una más a nuestro expediente de servicio. El jefe está muy satisfecho con nuestra labor. ¡Brindemos por eso!

Otra vez se han salido con la suya. Lo bueno es que hay límite para todo. ¡Absolutamente para todo!

Cayó la noche. En casa los tres estamos ocupados en algo, cada quien en lo suyo. Yo trasteo algo en la guitarra y escribo. Amelita está leyendo un librito sobre gatitos. Tamara trabaja en su cuadro. Después cenaremos tranquilamente, posiblemente luego nos vestiremos y bajaremos al refugio de nuevo. Si pudiera ser yo el guionista y el director de esta realidad, ¡que diferente sería todo!

Algún día no muy lejano, les tocará su turno de celebrar, a la vida, a la razón, a la sabiduría, a la cultura, al bien, a la humanidad.

El cubano ucraniano Daniel toca la guitarra durante la invasión de Rusia a Ucrania
«Yo trasteo algo en la guitarra y escribo.»

Kiev, 12 de marzo, 18:01

Aprendiendo a vivir un día a la vez

La noche transcurrió en admirable calma. Como siempre, me acosté tarde en la madrugada el último; aguzando el oído a lo que se suponía pasaría afuera, cómo cerciorándome por última vez que se podía conciliar el sueño. Dormí como una piedra. Pero en la mañana las ventanas comenzaron a vibrar prolongadamente debido a una lejana preparación artillera que no tenía para cuando acabar. De nuevo en alarma, en zafarrancho de combate. Rápidamente desperté a las niñas. Eran como las nueve y media de la mañana. Ellas, por supuesto, dormían tan dulcemente que no sintieron el tronar de los cañones.

Pensé que habían dormido lo suficiente. Les pedí hacer apresuradamente los procedimientos de aseo matutino, vestirse y sentarse a la mesa a desayunar. En cualquier momento deberíamos abandonar la casa y bajar de nuevo al refugio.

Mientras desayunaban ellas, yo salí de exploración a los extremos de nuestro piso para ver qué estaba pasando en la calle. Por el barrio no se veía a nadie, salvo a un policía soñoliento que patrullaba a pie frente a nuestro edificio. Iba hablando con alguien por su teléfono y bostezando, lo mismo que un león cansado. Los edificios vecinos ocultan la avenida, por eso es imposible divisar algo desde mi posición. Sin embargo, se podía oír el rugir de motores que, perceptiblemente, estaban transitando por allí. Ese ruido no se podía confundir con nada: tanques y artillería motorizada, concluí. Eso me alarmó más: ¡Tú verás que ahora se va a formar!

Las noticias no hicieron más que confirmar mis sospechas. Los combates se estaban desarrollando a esa hora y a una distancia de 20 km aproximadamente. Al final todo aparentemente se calmó y decidimos no abandonar el nido.

Amelita estaba molesta conmigo todo el día porque no la dejaba moverse de mi lado para ninguna parte, para protegerla y actuar rápido en cualquier eventualidad. Yo entiendo que le causo incomodidad a veces; pero no siempre se puede explicar y encontrar compresión en la otra persona, cuando le estás limitando su libertad, aunque sea por su propio bien.

Tamara tuvo un par de clases matemática en línea esta tarde. Accedió a impartirlas porque en la escuela le pidieron encarecidamente y sólo cuando nos aseguramos de que todo se estaba calmando allá afuera. Internet estaba muy lento y las lecciones transcurrieron no sin problemas e interrupciones.

Ahora Amelia y ella están haciendo las tareas en los cuadernos de trabajo de la escuela y hablando sus cosas de chicas. Es mejor así, que estén ocupadas en algo útil y lejos de mí porque hoy estoy más agrio que un limón.

A mí me empezó a doler una muela mal curada, ¡ahora contra!, para colmo. ¿Dónde encuentro una clínica dental abierta? A pesar de que hay unas cuantas alrededor de casa, al alcance de la mano, no estoy seguro de que hayan abierto. Pero todo puede ser. Mañana tendré que salir a buscar cómo solucionar este imprevisto.

El fuego de artillería se fue haciendo más lejano, más esporádico. Al caer la noche ya no se sintió más, sólo quedaba la tensión acumulada.Caí en la cuenta de que ya nos estamos acostumbrando y eso es grotesco.

Aprovechando estos días de encierro he aprendido tres canciones más en la guitarra. Pero mi corazón está muy triste ahora para cantarlas y grabarlas. Lo haré cuando todo esto pase y me sienta mejor, es decir, cuando le encuentre sentido.

Mañana es el cumpleaños de una de las personas más especiales, cariñosas y tiernas en mi vida. ¡Cómo la extraño y cómo quisiera abrazarla! Quiero que sepa que la quiero con todo mi corazón y la recuerdo siempre buena conmigo.

Hoy termino con un pensamiento ajeno que es muy sabio a mi entender y por eso me gusta mucho: «El ayer es tan solo historia. El mañana es un secreto. El hoy es un regalo, por eso lo llamamos presente».

Kiev, 11 de marzo

Las fuerzas «G» de una Montaña Rusa

Ayer fue un día totalmente tranquilo. El cielo estaba despejado y brillaba el sol. Decidimos salir los tres, Tamara, Amelita y yo, de nuevo a buscar provisiones porque se nos estaban terminando. Por suerte, pude al fin acceder al banco cerca de casa y extraer un poco de dinero en efectivo. Había límite para la extracción, lo que es comprensible. Aún así el dinero obtenido nos permitió adquirir aquellos productos que trajeron en buses de carga y vendían en el mercado.

Al fin han traído leche, huevos y harina de trigo, que inmediatamente compramos en suficientes cantidades. Hacía dos semanas que no podíamos encontrar por ninguna parte estos productos. En los primeros días desaparecieron de todos los estantes. Parece que el abastecimiento se está normalizando poco a poco, por iniciativa propia de mucha personas, aún arriesgándose.

Pudimos constatar también con alegría que casi todas las farmacias estaban abiertas y no había aquellos tumultos de antes. Pensé con satisfacción en todas aquellas personas de avanzada edad que encontré antes en las colas. Seguramente todos pudieron adquirir sin problemas sus tan vitales medicinas.

Andan muchos autos de carga privados con letreros en el parabrisas: «Chofer voluntario. Comida y medicinas. Si necesita ayuda, llámenos a estos números de teléfono. Completamente gratis.»

En momentos difíciles, las personas de bien se unen, se solidarizan y vencen las dificultades. ¡Cuántas personas de buen corazón andan entre nosotros!

En las redes sociales se puede observar lo mismo. Muchas personas que ofrecen su ayuda desinteresada a aquellos que más lo necesitan. El día anterior nos ocultábamos bajo explosiones. Después, podíamos salir a respirar el aire gélido y puro de marzo con un bello sol que calienta tu cara. Y alrededor reina la más absoluta calma. Es lo mismo que las sensaciones que tienes en una Montaña rusa, o Roller coaster, como le llaman en inglés. A veces la conciencia se resiste a entender este absurdo de la guerra. El espíritu no quiere adaptarse a estas condiciones de vida.

Al comprar lo necesario y cuando ya nos dirigíamos a casa, Amelita se encontró de chiripa a su mejor amiguita de la escuela. Ella estaba también paseando con su mamá. Corrieron una hacia la otra y se abrazaron fuertemente por algunos minutos. Estaban tan contentas. Fue un momento muy emotivo. Ellas no se habían podido ver desde el 23 de febrero, el último día que fueron a la escuela.

Amelia es una niña muy sociable y yo sé cuánto ella echa de menos la interacción con sus compañeritos de clase. Estar con papá y mamá es bueno, mas es otra cosa. Ella necesita mucho del contacto con otros niños. Tamara y yo también echamos de menos a nuestros alumnos y estudiantes. Muchos de ellos se comunican con nosotros periódicamente y preguntan cómo estamos.

La guerra andando y las escuelas cerradas. Nadie estudia. La educación está parada hasta mejores tiempos. Sólo me pongo a pensar en cuanto estrés emocional están experimentando los niños y adolescentes, encerrados en sus casas u obligados a marcharse de su mundo habitual hacia otras tierras desconocidas, donde todos a su alrededor son extraños. Familias separadas por la guerra. No quiero pensar en cosas peores.

Aunque hacía un viento frío y ya era hora de regresar a casa, nosotros y la mamá de la amiguita de Amelia estuvimos conversando un rato más; como dándoles más tiempo a las chicas para que pudieran disfrutar de la mutua compañía. Nos despedimos y marchamos a casa. En el camino también coincidimos con dos profesores, colegas de Tamara, que iban en busca de alguna peluquería abierta. Bromeamos que si toca morir, mejor que sea bellos, con un buen corte de pelo. Nos reímos un poco. Nos alegró también encontrarnos con ellos. Habíamos compartido muchas ocasiones de celebraciones con el colectivo de la escuela, en cumpleaños y otras fiestas.

A Tamara sus compañeros la estiman mucho, por su forma de ser: abierta, sociable, alegre de la vida y muy muy inteligente. Tamara es una excelente maestra de primaria. Y los dos últimos años, se estaba recalificando como profesora de Matemáticas. Empezó a estudiar de nuevo su Maestría en la Universidad Pedagógica. No obstante, ya cubría muchas clases que se quedaron sin profesores de Matemáticas en su escuela. También impartía muchas clases en línea a chicos y chicas que necesitan un apoyo adicional con esta materia. Yo me siento muy orgulloso de mi esposa y de sus éxitos. Es fruto de su propio esfuerzo y tenacidad. Esperamos que todo se normalice algún día no muy lejano y nosotros podamos continuar nuestra labor educativa.

Kiev, 10 de marzo

Lo que me ayuda a sobrevivir

El silencio absoluto de la noche.

Otra mañana más de cielo azul y de sol.

Un café humeante.Serenata Diurna, de Silvio.

Cuando abrazo mi guitarra.

Cuando hago sus cuerdas vibrar.

La risa estrepitosa de Amelia.

Sus caricias espontáneas y tiernas.Los montones de hojas de papel con dibujos que me regala todos los días.

Cuando me dicen que me quieren.

Cuando cocino y no se me quema el arroz.

La cálida piel de mi amada. El aroma de su pelo. El timbre de su voz.

Suspiros de placer alocados.

Las largas noches de conversaciones.

Los comentarios de apoyo que recibo cada día.

La palabra amiga. El cariño sincero.

Las oraciones alzadas en nuestro nombre al Señor.

Los mensajes escritos y los de voz.

Los libritos que descansan en mis estantes.

Las fotos de familia.

El consejo de papá. La voz amorosa de mamá. El abrazo de mi hermano. Mi travieso y feliz sobrinito. Abuela con sus pilmeni, sus peroshki, vareniki, blinchiki, con todo su amor incondicional.

Los gratos recuerdos que tengo. Aquellos felices domingos en gran familia. Las canciones de mi abuela Xiomara.

Cuando sueño despierto con un futuro mejor.

El apoyo y solidaridad de tanta bella gente.

La información verídica y a tiempo.

Todo lo que aprendí en la Facultad.

Mis estudiantes, a quienes extraño tanto.

Naturaleza de primavera.

Cuando no destruyen, ni odian, ni matan. Cuando crean familias. Cuando hacen el amor.

La inocencia y franca alegría de los niños.

El sueño apacible.

La paz en el mundo.

La virtud humana.

La vida que nace.

Más que ayer, otro día mejor.

Un barrio y edificios de Kiev nevado Niñas durante la invasión de Rusia a Ucrania
Kiev.

Kiev, 9 de marzo, 22:14

Día tenso

Hoy escribo, aunque sea tarde, para informarles a todos que estamos bien. Tuvimos que bajar al refugio esta vez porque las explosiones se sentían muy cerca. Vi también trabajo de los equipos antiaéreos sobre nuestra parte de la ciudad. Ahora está todo tranquilo hace una hora. Aunque por las noticias se informa que hay combates cerca de la ciudad. Es decir, no se respetó el período de tregua anunciado. Y así, cada vez.

Nos vamos a bañar rápido y a vestirnos de nuevo por si nos vemos obligados a salir de prisa hacia el refugio que, por cierto, esta vez estaba repleto de gente. Fue imposible encontrar asiento libre donde sentarnos y mucho menos donde recostarse. Había mucho polvo allí abajo. Ya me empezó la alergia. Me siento mal.Tamara ha preparado una sopa rápidamente y hemos cenado algo caliente. Espero que después de la ducha me sienta mejor. Está promete ser una noche más de insomnio.

Refugio donde se protegen los vecinos cuando suenan las alarmas en Kiev durante la invasión de Rusia a Ucrania
Refugio

Kiev, 8 de marzo, 19:29

Un ocho de marzo sin flores

¿Dónde están mis flores? ¿Y mi vestido nuevo? ¿Y mi cena en el restaurante?, me pregunta mi esposa con una pícara sonrisa al levantarse esta mañana. Sabe que no le puedo responder de ninguna forma esta vez. La muy jodedora. Este ocho de marzo no vamos a poder comprar ni el vestido. No podré reservar en el restaurante. Y posiblemente no encuentre flores en ningún lugar.

Al menos les puedo preparar a mis chicas su desayuno favorito: tortilla de patatas, acompañado de café con leche condensada.Quizá ellas no lo sintieran, pero esta mañana ya me había levantado muy temprano y las había besado a las dos y felicitado en apenas un susurro. Pensé que sería mejor dejarles dormir un rato más.

Aquí se celebra el ocho de marzo, el Día de la Mujer, con especial solemnidad y romanticismo. Las chicas –hoy todas son y se sienten chicas jóvenes– visten sus bellos vestidos y abrigos. El maquillaje, la manicura, el peinado son impecables. Todas andan con un ramo de flores de primavera en sus manos. Andan orgullosas, sonrientes, y no sé por qué un tanto más sensibles de lo común. Sus mejillas son más rojas por el rubor. Sienten más la atención de los transeúntes que les sonríen y responden con reciprocidad. Son simplemente bellas, indescifrables y muy femeninas nuestras chicas de Ucrania.

Los hombres, los hombres son un poco cómicos y torpes en este día. Sobretodo en las florerías. Se visten y se peinan con esmero. Tienen un semblante que parece que han visto a un fantasma. Se preocupan, se esfuerzan, se gastan por complacer en todo a sus damas. La relación de los padres con sus pequeñas hijas es muy especial. Ellas también reciben sus flores y sus presentes. Los padres las tratan lo mismo que a pequeñas damas, con galantería y cariño. Muchas pasan en bellos vestidos de fiesta, en brazos de sus papás.

Es todo un espectáculo de felicidad. Hoy, desafortunadamente, no pudo ser así. Nuestra ciudad está en sitio. Las mujeres son las que más sufren la guerra. Es un hecho. No es que piense que nosotros no lo sufrimos también. La mujer es más sensible a la muerte y a la destrucción porque en realidad es ella la que da la vida.

Pintura en un lienzo realizada en Kiev durante la invasión de Rusia a Ucrania
Flores pintadas hoy por Amelia.

Hoy quiero felicitar a todas las mujeres del mundo en su día. A las mujeres ucranianas en especial, a las mujeres de bien, a las mujeres en mi familia, a mis amigas y conocidas, a mis compañeras de la escuela y la universidad, a mis estudiantes queridas. Felicito a todas las chicas con las que tuve el placer que cruzarme en esta vida. Les mando a cada una un beso inmenso y una flor imaginaria. O, la flor, se las quedo debiendo. Sí, así es mejor.

Sólo tengo una petición para ustedes, queridas chicas, una nada más: cuando elijan al compañero de sus vidas, les ruego, elijan con sabiduría. Den preferencia a hombres nobles, de buen corazón. En los que no haya crueldad ni paranóica ambición. Hombres que amen la humanidad. La maldad no debe tener derecho a reproducirse. El vil no debe dejar su semilla, su código, en vuestro vientre. Escojan con la voz de vuestra alma, y con sabiduría. Eduquen a hombres de bien. Tan sólo les ruego esto, de todo corazón. ¡Felicidades! ¡Las amamos mucho! Pronto habrá montañas de flores primaverales para todas ustedes.

Kiev, 7 de marzo

En momentos de tregua

Familia cubano ucraniana en Kiev durante la invasión de Rusia a Ucrania
Salimos a caminar después de 12 días de encierro.

Después de doce días de estar cautivas en casa, mis valientes chicas me declararon enérgicamente: «¡Ya, no aguantamos más aquí encerradas! ¡Hoy vamos a salir a caminar!»

Todo está más tranquilo ahora y no se escuchan ni remotos ecos de la guerra (aunque sabemos que está ahí, latente). Por eso nos vestimos después de desayunar y salimos a caminar un poco por nuestro distrito. Simplemente a caminar, a observar lo que ocurre alrededor; también a tratar de encontrar un lugar donde extraer dinero en efectivo. Todo en vano.

Había un banco abierto y hasta las cajas estaban trabajando, pero las cajeras se encogían de hombros alegando que no habían traído el dinero todavía. Es curioso que la sección de créditos estaba trabajando. ¿Será que le estaban ofreciendo nuevas líneas de créditos a sus clientes en la situación actual? Simplemente paradójico.

Más farmacias han abierto ya, más comercios, pero aún así no sigue habiendo la cantidad de productos necesarios. Colas aquí, colas allá, colas acullá. Viejitos y viejitas por dondequiera. Hay gente joven de nuestra edad, pero muy pocos en la calle. Nos dio la impresión y comentábamos entre nosotros, que la mayoría de las familias jóvenes abandonaron la ciudad y se quedaron los viejos.

En algunos artículos que había leído en los que se describe la tragedia humana durante conflictos, encontré la evidencia que confirma mis sospechas. Es así con los viejos que se quedan solos de cara a la guerra. Es así de terrible e injusto. ¡Qué lástima me da!

Pasamos por el Liceo de Tamara y de Amelita. Estaba cerrado. Decidimos entonces dirigirnos a la tienda a encontrar más provisiones, como se dice, por si las moscas. A casa no regresamos con las manos vacías y esto ya nos alegra bastante.

Paseamos un poco más y hasta nos ejercitamos un poco en el estadio detrás de nuestro edificio. Las chicas están contentas y cansadas de caminar. Regresamos a la cueva. Gracias por un día relativamente tranquilo y por dejarnos salir a pasear un poco por el barrio. Estamos de muy buen semblante ahora y de mucho mejor estado de humor. Continuamos pendientes de las noticias.


Estoy seguro que alguien me va a decir: Rema, rema, que aquí no pican.

Kiev, 6 de marzo, 8:35 am

Otro día más en Somalia

Me levanté de la cama, hace dos horas que no duermo. Nada más despertar encontré mi teléfono a tientas para ver si alguien me había escrito. Ya se ha convertido en una tradición. Muchas personas de bien, que no me conocen, con las cuales nunca había hablado todavía, me escriben para preguntarme cómo va todo, cómo pasamos la noche y cómo nos sentimos. Yo les contesto a todos con mucho placer.

Conversar así, en la distancia, me sostiene y me calma. Me pongo a recordar cosas agradables de tiempos pasados, rostros, momentos, lugares, anécdotas. Me metí a la ducha y mientras me bañaba pensé que hay que aprovechar cada ducha caliente bien, porque en cualquier momento puede ser la última por un buen tiempo. Mis chicas están durmiendo dulcemente todavía.

Ayer Tamara y yo lloramos juntos en la cocina por primera vez en mucho tiempo mientras la niña ya dormía en su cama. No sé qué nos encontró. Parece que ayer ya estábamos al límite y llorar y hablarlo un poco nos hizo sentir mucho mejor. Estábamos viendo las cosas horribles, la destrucción, la desolación y la muerte que impera en otras ciudades. Estábamos horrorizados y conmovidos con tanta maldad.

Hay cosas que, por más que quiera, nunca las voy a poder entender y mucho menos explicar, en lo relativo al comportamiento humano. O inhumano. A veces, cuando estás al límite, cuando los nervios te empiezan a traicionar, te olvidas de respirar. Involuntariamente contienes la respiración y empiezas a sentirte peor. Recordé que hay que inhalar profundamente y esto nos ayudó.

También nos ayudaron a sobrellevarlo algunas copitas de vodka que tomamos a la costumbre de aquí: de un golpe. Pero ojo, sin embriagarnos. No me gusta sentirme ebrio. Me da como vergüenza. Y ahora no tenemos ningún derecho a bajar la guardia ni un momento. Pero los tragos nos calmaron un poco, entre conversaciones. También tomé mi guitarra y me puse a tocar algo. Eso me calmó más.

Tenemos amigos que ahora mismo marchan en su auto con sus hijos en dirección hacia el Oeste. Nos cuentan las miles de peripecias que se encuentran en su camino: lo lento que va la marcha, los problemas con el combustible, que realmente no conocen a dónde se dirigen ni su destino final. En fin, todos están como extraviados, sacados de su cascarón antes de tiempo.

Nosotros también tenemos listas ya nuestras mochilas de evacuación y puestas cerca de la puerta, por si acaso. Pero no nos decidimos todavía a dejar todo y marchar en rumbo desconocido. Lo discutimos profundamente, analizando todos los pros, todos los contras. Decidimos por ahora quedarnos en casa y esperar a que haya garantías reales de seguridad. No queremos que la niña se pase 30 horas de pie en un vagón abarrotado del tren como hemos podido ver todos estos días por lo que publica la gente en las redes sociales. Además, el pánico, el tumulto. Ella no lo soportaría.

Mamá y abuela se evacuaron a la casa en el campo. Mi hermanito también está allá con su familia. Al menos ellos están todos juntos y más calmados. Nos quedamos solos aquí, en la ciudad. Abuela se ahogaba aquí con nosotros en nuestro pequeño apartamento. Sé que se va a sentir mejor allá donde puede salir a respirar el aire fresco del campo. Para su corazón ella lo necesita más que nadie. Mamá tenía mucho temor de quedarse en la ciudad. Así que se fueron para allá y quizá sea para mejor. Ahora todos estamos un poco más tranquilos. No las culpo y las entiendo. Ahora no hay ninguna seguridad en ningún lugar.

A nuestro alrededor ocurre ¡la guerra! Pero todos ellos están mucho más cerca de las posiciones del ejército de invasión ruso. Y cada vez se acerca más. Por el mapa pudimos ver, no sin alarmarnos, que están apenas a unos 50 ó 60 kilómetros de ellos. Por eso mismo es que estoy más preocupado por ellos. Yo sé que mamá está muy preocupada por nosotros también. La calmo y le digo que todo va a estar bien. Tengo buenos presentimientos.

Anoche salí un poco al balcón a respirar y a ver qué estaba ocurriendo. En la calle, ni un alma. De los edificios vecinos apenas se vislumbraban unas pocas ventanas iluminadas. Ahora está nevando de nuevo con copos grandes de nieve que pasan volando rápidamente frente a la ventana. Una cortina blanca de nieve enturbia un poco la visión hacia la lejanía. Ha bajado más la temperatura.

Muy lejos de nosotros se escuchan algunas explosiones. Después de la ducha caliente, me afeité. Dice Amelita que mi barba le pincha su carita. Dice que me afeite. Me preparé un té negro y me senté a escribir estas anotaciones. Hicimos el amor después de muchos días. Me siento más calmado ahora. ¿Que les puedo decir? Así es la vida. Ella continúa y hay que vivirla.

Kiev, 5 de marzo

Escuchando la voz de mi alma

¿Por qué amamos tanto la vida? Amamos lo que nos cuesta más esfuerzo y sacrificio crear, levantar, edificar. Amamos nuestro hogar, esos felices y gritones niños y niñas que corren y alborotan, nuestra familia. Nuestros padres. Nuestros abuelos. Adoramos la tranquilidad de la noche estrellada. La sonrisa de la persona amada, su mirada. Amamos la paz, porque bajo su velo, nuestros niños tienen una infancia feliz y pueden andar despreocupadamente por nuestros campos y ciudades. Pueden hacer todo lo que se propongan, alcanzar los horizontes que se propongan.

Paz quiere decir futuro.

Amamos nuestros libros porque nos hacen soñar, imaginar, conocer, volar. Amamos las olas del mar y las montañas nevadas. Amamos los caminos desconocidos, los bosques repletos de tanto oxígeno que te duerme. Los ríos de agua fría y cristalina. El sol de julio. La nieve de febrero. El verdor de mayo. Las hojillas amarillentas y caídas de noviembre.

Amamos el canto, la palabra inteligente, la guitarra, la danza. Amamos las caricias, los besos, la intimidad de nuestras sábanas. Amamos la salud y la bella juventud.

Pero ¡qué frágil es todo este mundo querido y con inmensas penas construido, cuando el odio se apodera de nuestro corazón! ¡Qué frágil es nuestra vida cuando no encontramos forma de mantener la paz!

El odio nos destruye por dentro, quema nuestra casa, mata a nuestro amigo. Con el odio sufren nuestros seres queridos. Con el odio no hay más humanidad. Las personas se alejan unas de otras y mueren mal comprendidas, en soledad. Con el odio, en un instante, lo perdemos todo, todo lo que un día pudimos crear. Entonces, ¿qué sentido tiene odiar?, ¿qué sentido tiene hacer la guerra y matar? Si todos lo perdemos todo.

Es ingenuo aquel que piense que algo, en todo este fuego de muerte, ha de ganar. Miro mis manos. ¿Para qué están hechas estas manos? ¿Acaso para destruir, para matar? ¡No! Estas manos fueron concebidas para crear, para amar, para ayudar, para proteger y para sembrar. Yo quiero sembrar el bien doquiera que vaya. Yo quiero que tú quieras lo mismo cultivar.

¿Cómo extirpar ese odio que nos envenena? ¿Cómo aprender a perdonar? Piensa, piensa bien, hermano, hermana, qué camino vas a tomar. ¿El lúgubre camino del culto al dinero, la codicia, el desprecio, la mentira, la desmedida maldad? ¿O el camino de la vida, de la paz, del honor y la justicia, el de la felicidad, donde todos somos hermanos y juntos, en armonía, un futuro para nuestros hijos y nietos podemos crear?

La guerra es la muerte. La guerra es el más escarpado obstáculo en el camino hacia lo que anhelamos alcanzar. La guerra no es la solución de nuestros problemas. La guerra es una estupidez que no nos podemos permitir. Te convido a que paremos esta y todas las guerras. No hay manera que de ellas nos podamos beneficiar.

De nuestra guerra, sufrimiento y muerte se benefician otros, otros demonios ocultos que hoy están de fiesta. Son esos que ahora mismo están golpeando los tambores de la guerra. No permitas que te utilicen, te engañen, te manipulen para su criminales planes de destrucción y para la coronación del mal.

En el silencio de tu soledad escucha tu propia voz, la voz de tu alma. Y piensa, piensa una y otra vez más en la vida, esa que es nuestra única oportunidad. Y tú encontrarás todas las respuestas. Entonces sabrás lo que tienes que hacer.Yo sólo sé que quiero dejar de llorar. Y si lloro, que sea de felicidad.

Kiev, 4 de marzo , 4:22 pm

Una dichosa mañana

Hoy me siento muy contento porque he podido resolver parcialmente algunos problemas. Lo más crítico era conseguir las medicinas para abuela. Y por fin abrió una sola farmacia cerca de casa. También entré al pequeño supermercado del barrio y encontré con mucha alegría que algo ha llegado esta mañana.

Compré algunos víveres pero lo principal fue adquirir agua embotellada. (El agua del grifo aquí no es muy indicada para beber.) También trajeron pan y empezaron a dar dos a cada persona. Hubo algunas discusiones entre las personas. La gente está muy nerviosa, bajo una presión psicológica insoportable.

Me acerqué a las señoras que discutían por quién estaba primero, les puse mis manos en los hombros y les pedí suavemente que conservaran la calma y el respeto, que nadie iba a salir ganando, no nos sentiríamos mejor si nos poníamos a pelear. Parece que esto llegó de sorpresa y todos nos calmamos.

Después salí a la calle y, ¡no cabía en mí de tanto regocijo! ¡La farmacia está abierta! Abuela necesita urgentemente sus medicinas. Me incorporé rápidamente a la cola de la farmacia. No había muchas personas en fila y la cola avanzaba con rapidez. Pude conversar con otras personas allí y recoger información archivaliosa sobre qué se podía encontrar en la calle en estos momentos y en qué puntos de venta. Mis interlocutores compartieron generosamente conmigo lo que sabían.

Después, parece que los transeúntes notaron que la farmacia estaba abierta y empezaron a unirse a la espera más y más personas. En algunos minutos ya éramos muchos. En su gran mayoría eran ancianos y ancianas. Por las conversaciones escuché que muchos estaban completamente solos en sus casas. Pensé amargamente que son siempre los viejos los más vulnerables y los más abandonados cuando el mundo se pone patas para arriba. En vez de tener una vejez tranquila…

Hacia un viento frío. Nuestra avenida la estaban bloqueando contra los tanques si llegaran a pasar por aquí. Y la calma fue interrumpida por tres explosiones que se escucharon como si hubiese sido sobre nuestras propias cabezas. Lo sorprendente fue que nadie se movió de la cola ni un centímetro. Y así, durante más de una hora, le siguieron muchas otras explosiones que cada vez parecían más cercanas. La gente, inamovible. Eso me conmovió mucho. En sus rostros se podía ver apenas una irónica sonrisilla. Seguro pensarían: ya no me importa que me mate una explosión o la falta de medicinas. ¡Que más da!

Al mirar a todas partes, de pronto me sentí en un mundo surreal, absurdo, difícil de describir o creer. Pensé con orgullo: este pueblo no hay quién lo conquiste. A pesar de las estruendosas explosiones, todos estaban en la calle, ancianos, mujeres con niños que, supongo, los tomaron consigo porque en casa no hay con quién dejarlos.

Muchas mujeres y abuelitas vendían sus frutas y verduras en la acera de enfrente. Pero lo que sí me rompió el corazón fue que, estando ya a punto de entrar el próximo a la farmacia, se me acercó una ancianita, muy, muy viejita y me pidió preguntar si había tal medicina a las vendedoras cuando entrara. Estaba llorando y traté de calmarle como pude, la abracé consolándole y le prometí dejarle entrar antes de mí. Dijo que tenía 87 años, que nunca hubiese imaginado, después de tener que ver una guerra, (la 2da GM) sería testigo involuntaria de otra más, que se había quedado sola en la ciudad.

Una calle en Kiev alambrada durante la invasión de Rusia a Ucrania
La avenida alambrada.

Yo la había visto antes. Resulta que es mi vecina del edificio de al lado. De repente se me acercó otra ancianita, y otra, y otra. Todas con lágrimas en sus ojos cansados y horrorizados, lágrimas en sus mejillas marchitas. Trataban de meterme dinero en el bolsillo y me imploraban que les comprara esta u otra medicina. Realmente no sabía cómo actuar en esta situación. Las personas que estaban detrás de mí en la cola me miraban con comprensión y no se pusieron a protestar. Les pedí disculpas y puse a las ancianitas delante de mí en la cola. ¡Por Dios! ¡Cuántas palabras de agradecimiento! ¡Cuántos deseos de salud y felicidad para mí y para mi familia! ¡Cuántas emociones en un minuto!

Así es como aquí la gente agradece cualquier acto de bondad. Aunque yo mismo considero que no había hecho nada sobrenatural, lo que cualquier persona haría en mi lugar. Me vi obligado a rechazar el dinero un par de veces más, a calmarlas y luego entramos a la farmacia. No había todas las medicinas que abuela necesitaba, cosa que yo esperaba. Al menos pude comprar las más necesarias.

Al salir de la farmacia crucé la calle y me dirigí a las vendedoras en la acera. Les pregunté: Tiítas, ¿ustedes están todo este tiempo en la calle y con estas explosiones no sienten miedo? Me respondieron que sí sentían miedo pero qué podían hacer. Tenían que vender sus mercancías para ganarse un poco de dinero porque en casa también tienen familias que están esperando. Les compré manzanas y otras cosas, a pesar que realmente no las necesitaba.

Salí otra vez de casa en incursión a por más agua. Todavía se escuchaban las explosiones. Al regresar a casa caí rendido y me dormí. Esta noche había dormido apenas algunas horas, todo el tiempo pensando, pensando. Mamá tiene mucho miedo. No sé cómo calmarla.

Kiev, 3 de marzo, 9:45 pm

Este mensaje es para expresar el profundo sentimiento de gratitud hacia mis amigos, hacia mis estudiantes, a mi gente de Cuba, mis queridos familiares, mis antiguos compañeros de clase y del barrio, profesores, vecinos…

En estos difíciles días de guerra en mi segunda Patria, todos ustedes han demostrado una solidaridad infinita, preocupación por nuestra situación. Nos han ayudado con dinero, con información, con muchas palabras de aliento que me han conmovido mucho por una parte, y por otra me han apoyado moralmente.

Todos los días ustedes, queridos amigos, me escriben para preguntar cómo nos encontramos, con tantas muestras de afecto. Esto significa mucho para nosotros. Estoy inmensamente agradecido y les quiero transmitir a todos confianza en un porvenir mejor. Un mundo mejor es posible. Mente positiva y hoy se dan un traguito de ron por nosotros. No olviden echarle a los santos primero. Saludos y fuertes abrazos.

Kiev, 3 de marzo

La situación humanitaria

Buenos días. Decidí escribirles ahora que tengo tiempo para explicarles algunas cosas que considero importante poner a vuestra consideración. Muchos amigos me preguntan muy lógicamente por qué yo no me evacué con mi familia de la ciudad y si es posible hacerlo ahora.

Desafortunadamente, mi situación, al igual que la de muchas otros ciudadanos, es complicada. Yo soy responsable de la seguridad de mi esposa, mi hija y de mi abuelita que está ya en una avanzada edad y cuya salud es muy frágil para soportar el estrés del camino.

En la estación central de ferrocarril, por lo que he podido ver todos estos días, cunde el pánico absoluto. Hay grandes cantidades de personas tratando abordar los escasos vagones que han habilitado en dirección al Oeste del país. Todos saben lo peligrosa que puede ser una multitud en pánico.

No sé si habrán podido ver en las noticias –asumo que sí– cómo se empujan unos a otros; que hay muchas familias con niños pequeños e incluso estos están sufriendo en la vorágine de la huída. Yo no voy a ser tan irresponsable de poner a mi familia en ese peligro.

Por otra parte, abandonar la ciudad por carretera en auto es incluso mucho más peligroso. Todas las arterias principales que van hacia las afueras están abarrotadas de autos y el congestionamiento de tráfico se extiende por kilómetros y kilómetros.

Muchos conductores comentan que no podrán llegar muy lejos de todas formas, ya que las gasolineras están experimentando una escasez crítica de combustible. Hasta la frontera Occidental hay entre 800 y 1000 kilómetros, en dependencia del punto de la frontera que las personas están tratando de alcanzar. Es verdad que no a todos les ha pasado, pero se han dado muchos casos de personas tiroteadas en sus propios vehículos. Eso agrava mucho la aventura de salir en auto.

Existe mucho nerviosismo por una parte, y por otra, muchas armas en la calle. Las personas salen en todas direcciones sin tomar en consideración que las acciones bélicas del conflicto se están desarrollando tan rápido y que pueden avanzar en cualquier dirección.

Todo es muy poco previsible y las personas que huyen pueden verse de nuevo, en breve, en el epicentro del conflicto del que están tratando de alejarse. Mamá y mi hermano están también en la ciudad, pero en otra parte, separados de nosotros. Tampoco los puedo dejar atrás. ¿Cómo podría vivir tranquilo? Por estas razones fue que tomé la decisión de mantenernos aquí y analizar objetivamente el desarrollo de los acontecimientos. Eso sí, podremos tomar medidas de una manera dinámica en cuanto sea factible.

Por ahora, quedarse en casa, es lo más racional y seguro, aún con el inminente peligro de las bombas y todo lo demás que he estado explicando estos días.

Ya se empiezan a ver los sufrimientos y limitaciones que están experimentando muchos refugiados. En definitiva, cuando observas la calle, puedes descubrir que hay muchísimos autos estacionados cerca de nuestros edificios. Eso quiere decir que numerosas familias decidieron quedarse en casa también no obstante de tener la posibilidad de emprender el camino.

Los problemas fundamentales –que se están agravando mientras más pasan los días– son la falta de suministros, de agua potable y de medicamentos. Esto se puede convertir dentro de poco en una catástrofe humanitaria.

Creo que todo está dado, principalmente, por la anarquía que se ha desatado en la ciudad y la ola de violencia. Los pequeños empresarios que prestan todos los servicios básicos, así como las redes de supermercados, no pueden surtir sus puntos de venta. Incluso no se abren al público muchos de estos establecimientos, temiendo simplemente los asaltos y no pueden garantizar la seguridad de sus empleados.

¿Quién sabe cuántos pudieran ocupar sus puestos de trabajo si gran parte de la población se ha evacuado hacia otras regiones del país? Hay muchas personas con enfermedades crónicas y totalmente dependientes del suministro regular de medicamentos específicos, lo cuales ya no los están recibiendo.

Es decir, que el problema principal reside en que los almacenes en las afueras de la ciudad están llenos de todo lo necesario y el trabajo logístico no se está haciendo, o se hace en forma muy reducida.

Es verdad que muchos pequeños empresarios se han auto organizado y están prestando una valiosa ayuda a los demás. Es muestra de un admirable sentido de solidaridad y compasión. De nuevo, el problema es hacer llegar las cosas a los que las necesitan. Y el dinero a las personas se les está acabando. El sector más vulnerable son los jubilados.

Increíblemente hasta el momento no hemos experimentado problemas con el abastecimiento de energía eléctrica, gas, agua caliente y fría del acueducto ni la calefacción, salvo en algunos lugares donde hay roturas por causa de las explosiones. Normalmente los servicios comunales reparan y localizan operativamente estás roturas y el servicio se renueva en breve.

No sé actualmente hasta qué punto esto se realiza así, dadas las condiciones extraordinarias.Pero es muy importante que estos servicios no sean detenidos. Los que más sufrirían son los niños y los ancianos, las personas inválidas. Todavía hace hace frío aquí y está nevando afuera.Siento que nos están cuidando de una forma u otra.

Kiev, 2 de marzo

El peligro acecha

¡Qué día este, señoras y señores! Les escribo ahora y no antes porque he tenido un día complicado y he estado ocupado. Hace unos instantes todavía se escuchaban explosiones fortísimas en alguna parte de la ciudad. Ahora estoy tratando de averiguar precisamente dónde.

Por la mañana salí de «la cueva» a buscar alimentos y medicamentos, sobretodo estos últimos que tanto le hacen falta a abuela. Las farmacias siguen sin abrir. En la tienda una de las vendedoras me comentó que ahora han decretado ilegal a todas las tiendas exigir dinero en efectivo y obligaron a aceptar todo en pagos electrónicos.

Pregunté por qué. Me comentó que ahora no andan por la ciudad los carros blindados de los bancos. Hay mucha gente armada en las calles y muchos casos de asaltos. Así que se podrán hacer una idea en lo que se ha convertido esta ciudad.

Regresé a casa y nos pusimos a preparar todos los alimentos y después conservarlos en el refrigerador por si nos quedamos sin energía eléctrica y agua. Sentimos que alguien está tratando de abrir nuestra puerta. Miré por el cerrojo de la puerta. ¡Nadie!

Ahora mismo cuando empecé a escribir esto, Tamara y yo, sentados en la cocina, sentimos cómo alguien mueve el picaporte de la puerta para comprobar si está cerrada. Por segunda vez pasa esto y no veo a nadie de nuevo. Puede ser que no sea nada, sólo los vecinos comprobando si hay animales solos encerrados en apartamentos vacíos para socorrerlos, o pueden ser merodeadores que están armados.

Desafortunadamente ya se han dado muchos casos de asaltos a casas y hasta de asesinatos masivos. En cualquier caso les preparé unos cuantos regalitos de bienvenida a huéspedes indeseados. ¡Se van a llevar una calurosa bienvenida sin intentan entrar! Y después la policía los ayudará a llegar a su destino final. Me he visto obligado a fortificar más nuestro apartamento y a extremar las medidas para proteger a mi familia. Por un lado, bombas. Por otro lado, bandidos.

Por lo demás, estamos bien, de buen humor y con un espíritu de combate bien altivo. Estamos haciendo planes de qué lugares vamos a visitar cuando acabe todo esto. He preparado un sopa de garbanzos con espinacas y queso que me quedó soberbia. ¡Cómo me gustaría poder invitar a mis amigos a cenar! Pero bueno, todo lo mejor está por venir. Estos son, simplemente, inconvenientes y dificultades temporales. Seguimos pendientes a las noticias y al desarrollo de los sucesos.

Kiev, 1 de marzo

La suerte nos ha regalado una noche tranquila para dormir pero, como siempre, no he pegado un ojo en toda la noche. Esta madrugada la hemos pasado en casa. No bajamos al refugio. Abuela se siente muy mal con la presión arterial descontrolada. Es una persona anciana con dos infartos ya. Se sentía muy débil y decidí que pasáramos la noche aquí.

Tomé medidas dentro de lo posible: todos los sacos con cemento, arena y otros materiales que mantenía aquí para la renovación del apartamento que he planificado para la primavera-verano, los coloqué en la ventanas y puertas que dan a los balcones, creando una verdadera barricada contra las esquirlas que puedan entrar tras una explosión. Me jodí por completo la espalda y ahora tengo un dolor insoportable.

Tanta tranquilidad hace dos días no nos trae calma ninguna a la mente, todo lo contrario. Estamos en espera de algo verdaderamente grande. Ya sabéis como dicen: «una sospechosa calma antes de la tormenta».

Pude salir por la mañana rápido después del cese del toque de queda, hice la cola en la tienda y solamente me llevé una decepción, pues en la tienda quedan cada vez menos cosas que sirvan para alimentarnos. Parece que no pudieron traer nada está madrugada para surtir de nuevo los estantes. Pero bueno, algo sí que compré y eso me trae al menos un poco más de tranquilidad.

Tenemos qué darle de comer a la niña y eso es lo más importante. Nosotros, los mayores en casa, nos estamos sentando a la mesa solo una vez al día. Y es suficiente en realidad, porque ni apetito tenemos.

Mi abuela está empezando a experimentar falta de medicamentos y no hay una sola farmacia abierta por aquí. Estoy buscando variantes para resolver este percance.

Ha llegado un viento frío del norte y ahora está nevando. El pavimento se ha cubierto de una fina sábana blanca. Estamos siguiendo los partes operativos y qué está sucediendo en la capital y en otras ciudades de nuestro sufrido país. La guerra es una estupidez.

Kiev, 28 de febrero

Crónica desde Kiev

Una ciudad fantasma en el sentido literal de la expresión. Un silencio aterrador, mucho más terrible a veces que el lejano estruendo de las explosiones y las ráfagas de armas automáticas. Una noche completamente intranquila y en vela. Por la mañana cesó el toque de queda y salí al balcón a observar que está pasando en las calles cerca de casa.

Hay personas en la calle. Me vestí apresuradamente y les dije a los míos que voy a salir a buscar algo, a ver qué encuentro. Me detienen con una voz de preocupación sin aliento: «Ten mucho cuidado y llama.» Nunca había visto tanto terror en los ojitos de me hija cuando, en ocasiones normales, me despedía al irme al trabajo. Le digo que todo va a estar bien y que papá pronto estará de vuelta en casa con comida.

Ya abajo, en la calle, me doy cuenta de que hay gente en la ciudad, mucha gente, montones de gente que se han quedado aquí, como nosotros. Bastante contrastante con el hecho de que antes solo hemos podido ver a muy reducido número de personas mayores con niños en el refugio las noches anteriores.

Todos van muy ocupados en todas direcciones, con paquetes y mochilas y carritos y cajas, para allá y para acá. Colas inmensas para poder entrar a los supermercados porque allí todavía se puede pagar con la tarjeta de crédito.

Después de una hora entré al supermercado y los estantes estaban prácticamente vacíos. Todo lo más necesario ya se lo habían llevado. Incluso los productos más caros, también desaparecieron sin decir adiós. No obstante, pude acopiar algunas cosas entre lo que había quedado.

En la calle encontré a unas señoras que estaban vendiendo frutas y vegetales y que aceptaban pago a su cuenta electrónica. Menos mal que pude abastecernos un poco para los siguientes días. Nos es mucho, pero es algo.

Observando a la gente en la cola, pude ver que todos estaban contentos de poder ver a otras personas y hasta conversaban entre sí, cosa que no suelen aquí hacer mucho en la vida normal. Intercambié algunas palabras con un señor también sobre lo que estaba pasando. Todos estamos atentos a las negociaciones de hoy. La gente tiene gran esperanza de que sean efectivas.

Kiev, 27 de febrero

Querida familia, queridos amigos, compañeros de estudio, colegas y estudiantes: nos alientan mucho sus palabras de cariño y preocupación. Les escribo para decirles que estamos bien, de buen ánimo y espíritu. Un poco cansados e irritados por lo peligroso de la situación y las noches sin dormir en el refugio. Pero con plena confianza que todo va a salir bien y venceremos.

Kiev, 26 de febrero

Queridos familiares, amigos, colegas, todas mis amadas personas. Quiero que sepan que estamos bien. No siempre tengo la posibilidad de contestarles a todos porque tengo que ocuparme de la seguridad de mi familia, del abastecimiento y muchas cosas más. Les agradezco tanto su preocupación, sus palabras de apoyo y de cariño. Gracias. Creemos que todo va a ir bien. Saludos.


El contexto

A las 6 de la mañana (hora de Moscú) del 24 de febrero de 2022, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, anunció en un mensaje televisado que Rusia emprendería lo que llamó una «operación militar especial» con un alcance incierto. «Rusia luchará por la desmilitarización y desnacificación de Ucrania y juzgará a aquellos que cometieron crímenes contra los ciudadanos pacíficos», dijo Putin.

Esa madrugada comenzó el ataque ruso contra Ucrania, centrado inicialmente, según el mando ruso, en objetivos militares ucranianos distribuidos por todo el país, con al menos 20 ataques con misiles contra enclaves estratégicos.

Ese mismo día el presidente de Ucrania Volodímir Zelenski declaró la ley marcial y pidió a los ucranianos mantener la calma y quedarse en casa. «Si las tropas nos atacan y alguien trata de arrebatarnos nuestro país, nuestra libertad, nuestras vidas, las vidas de nuestros hijos, entonces nos defenderemos», avisó.

Por su parte, el presidente de EEUU, Joe Biden acusó a Putin de haber «escogido una guerra premeditada que provocará pérdidas catastróficas en vidas y en sufrimiento humano. Solo Rusia es responsable por la muerte y la destrucción que este ataque supondrá y Estados Unidos y sus aliados y socios responderán de un modo decisivo. El mundo hará que Rusia rinda cuentas.”

Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, le pidió a Putin esa misma noche: «desde el fondo de mi corazón, Presidente Putin, impida que sus tropas ataquen Ucrania. Dale a la paz una oportunidad. Ya han muerto demasiadas personas.»

Lo demás… lo demás es la (estúpida) guerra.

Daniel Cantallops Dotsenko

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